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Lectura de contexto · 10 min

De la participación decorativa a la participación real

Arnstein, Hart y Lundy — y qué se puede prometer de verdad en un semestre

Es fácil abrir un espacio, más fácil recoger voces, difícil garantizar audiencia. Y raro devolver.

Empecemos por algo que ya viste

Una reunión. Convocada con tiempo, con refrigerio, con lista de asistencia y fotos. La comunidad habla, alguien toma nota, al final se agradece la participación.

Y lo que se hace después es exactamente lo que ya estaba decidido antes de convocar.

Nadie mintió. Todos hablaron. El acta dice «jornada de socialización participativa» y es verdad en el sentido más literal de la palabra. Es también la forma más común en que la participación se vuelve decorativa sin que nadie lo note.

Por qué pasa

Porque la palabra participación no distingue nada. Cubre desde estar sentado en una silla hasta decidir qué se publica. Cuando una sola palabra cubre tanto, ocurre lo previsible: la versión más barata se disfraza de la más costosa.

En un informe, «se realizó una jornada participativa con la comunidad» es igual de cierto si decidieron algo que si solo estuvieron. Nada en la frase permite saber cuál de las dos cosas pasó.

Y hay una razón más incómoda. La participación real cuesta: cuesta tiempo, cuesta ceder decisiones y, sobre todo, cuesta el riesgo de que la comunidad decida algo distinto de lo que la institución quería. Una consulta bien hecha no tiene ese riesgo. Por eso abunda.

De dónde vienen estos marcos

Sherry Arnstein, en 1969, escribía desde la administración pública estadounidense. Los programas federales de renovación urbana exigían por ley «la máxima participación ciudadana factible», y lo que producían eran comités de vecinos sin ninguna capacidad de cambiar nada. Su escalera de ocho peldaños nombró ese fenómeno.

La participación sin redistribución de poder es un proceso vacío y frustrante para quienes no tienen poder.

Sherry Arnstein, 1969

La frase es dura y es el punto entero: la escalera de Arnstein no mide calidad de facilitación, mide poder. Sus tres grupos son no participación, grados de simbolismo y grados de poder ciudadano.

Roger Hart adaptó la escalera a la participación infantil en 1992, para UNICEF. Su versión es la que usa esta plataforma, y su aporte más útil es que los tres primeros peldaños no son participación: manipulación, decoración y tokenismo.

Laura Lundy, en 2007, señaló algo que la escalera no resuelve. Trabajando sobre el artículo 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño, mostró que se puede tener voz sin tener ninguna influencia, y que el derecho a ser escuchado no se cumple con dejar hablar. Propuso cuatro condiciones que deben cumplirse las cuatro.

El espectro de la IAP2 aporta un giro práctico: en vez de niveles, formula promesas. En cada nivel hay una frase distinta que la institución le está prometiendo a quien participa, y esa frase se puede verificar.

Cómo se usan juntos

La escalera te dice dónde estás. Lundy te dice si es cierto.

De la escalera, lo primero es reconocer los tres peldaños que no son participación:

  • Manipulación — las personas hacen algo sin entender de qué se trata.
  • Decoración — están presentes para dar buena imagen, sin ningún rol.
  • Tokenismo — se les da voz sin ninguna posibilidad de influir.

El tercero es el peligroso, porque se ve bien en las fotos y en los informes. La reunión del principio de esta lectura es tokenismo, y ninguna evidencia documental lo delata.

Ahí entran las cuatro condiciones de Lundy:

  • Espacio. ¿Hay una oportunidad real de expresarse? Un lugar, un momento, un canal — y condiciones para que llegue también quien más dificultad tiene.
  • Voz. ¿Pueden expresarse en su propio lenguaje y forma? Un formulario técnico anula la voz de quien no lo maneja, aunque el espacio exista.
  • Audiencia. ¿Escucha alguien con capacidad de decidir? No un acta que se archiva: una persona que puede cambiar algo y que estuvo ahí.
  • Influencia. ¿Cambió algo lo que dijeron? Y sobre todo: ¿se les devolvió qué pasó con su aporte?

La cuarta es la que se cae. Es fácil abrir un espacio, más fácil recoger voces, difícil garantizar audiencia — y raro devolver. Sin devolución no puede afirmarse influencia, porque quienes participaron no saben qué produjo lo que dijeron.

Un ejemplo de qué separa un peldaño de otro. En El Albarico se conformó un comité editorial comunitario que revisaba el documento, definía qué entraba y qué no, y tenía poder de veto. Ese detalle es toda la diferencia: si la comunidad no puede decir «esto no se publica», lo que hubo fue una consulta bien hecha, no una decisión compartida.

Y un ejemplo de la condición de audiencia. En el Catatumbo la sistematización se hizo con una red de varias organizaciones, y la concertación se hizo conjunta: todas en la misma conversación, no en reuniones separadas. Concertar por separado con cada una habría producido cuatro versiones del alcance y ninguna audiencia real.

Un contraejemplo, que enseña más. En otro proceso la comunidad dijo desde el inicio que estaba cansada de reuniones. Eso no es una queja: es información sobre el espacio. Si el espacio que ofreces es el mismo que ya los agotó, no habrá participación por más que convoques.

Dónde se discute

Estos marcos se citan mucho y se discuten menos de lo que deberían.

  • La escalera supone que más arriba siempre es mejor, y no es cierto. En contextos de riesgo, poner a alguien a decidir públicamente puede exponerlo. Hay decisiones que una comunidad legítimamente no quiere tomar, y respetarlo no es bajar de peldaño: es leer bien la situación.
  • Mide poder, no calidad. Un nivel de consulta hecho con cuidado, con devolución y con tiempo, puede valer más que una decisión compartida declarada y vacía.
  • La crítica de fondo. Cooke y Kothari titularon un libro entero La participación: ¿la nueva tiranía? para argumentar que la participación puede funcionar como dispositivo de legitimación — se convoca para que una decisión ya tomada tenga respaldo. Hickey y Mohan respondieron sin negar el diagnóstico, preguntando bajo qué condiciones sí transforma.
  • Y una tensión de tu propio rol. Una practicante está seis meses. Prometer control comunitario en un proceso que se abandona en noviembre puede hacer más daño que consultar bien y decirlo.

Qué cambia en tu plan

La plataforma te pide declarar un nivel de participación por actor, no en general. Antes de escribirlo, tres preguntas:

  • ¿Qué está realmente abierto a decisión? Si la respuesta es «nada, ya está definido», el nivel honesto es informar.
  • ¿Quién tiene autoridad para cambiar el plan si dicen algo distinto? Si no hay nadie, no hay audiencia.
  • ¿Cómo y cuándo vas a devolverles qué pasó con lo que aportaron?

Si no puedes contestar la tercera, tu nivel real está un peldaño más abajo del que ibas a escribir.

Y una regla que ahorra disgustos: es más honesto declarar consulta y cumplirla que declarar decisión compartida y no sostenerla. La comunidad nota la diferencia mucho antes que tu docente.

Referencias

  • Arnstein, S. R. (1969). A Ladder of Citizen Participation. Journal of the American Institute of Planners, 35(4), 216–224.
  • Cooke, B. y Kothari, U. (eds.) (2001). Participation: The New Tyranny? Zed Books, Londres.
  • Hart, R. (1992). Children's Participation: From Tokenism to Citizenship. Innocenti Essays n.º 4, UNICEF, Florencia.
  • Hickey, S. y Mohan, G. (eds.) (2004). Participation: From Tyranny to Transformation? Zed Books, Londres.
  • International Association for Public Participation (IAP2). Spectrum of Public Participation.
  • Lundy, L. (2007). «Voice» is not enough: conceptualising Article 12 of the United Nations Convention on the Rights of the Child. British Educational Research Journal, 33(6), 927–942.
Cómo citar esta lectura
Dialegu (2026). De la participación decorativa a la participación real. Lecturas de contexto, Sistematízame. https://sistematiza.dialegu.com/lecturas/de-la-participacion-decorativa-a-la-real
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